Él se levanta diariamente a las cinco de la mañana, vive con sus padres. Lava y cocina el pollo que un día antes le llega para abrir la rosticería.
El es Juan Pérez, tiene 38 años, tiene dos hijos y su esposa, sólo que no vive con ellos, aunque los ve todos los días.
“Al principio me costó mucho trabajo conseguir empleo, nadie quería contratarme, entonces comencé a trabajar con un vecino de taxista, ahorré dinero y ahí están mis pollerías” dice Juan.
En este momento es dueño de tres pollerías, pero él sigue levantándose temprano para atender una de ellas.
“cuando era joven la regué, pero hoy estoy completamente feliz y renovado, lo hago por mis hijos y mi familia” nos revela el entrevistado.
Juan Pérez estuvo cuatro años y 8 meses en el Reclusorio Oriente por el delito de robo de autos. “no pensé en las consecuencias, era un chamaco”.
Ahora dice que tiene una deuda con sus padres por todo el apoyo que le dieron cuando él se encontraba preso.
Actualmente existe un 98% de delitos impunes en el Distrito Federal, de cada 100 delitos sólo se denuncia una parte, sólo el 23% se investiga, pero menos del 30% llega a manos de un juez. Hay reos encerrados injustificadamente y por delitos menores. Esto radica en un problema mayor para el sistema penitenciario ya que todas las prisiones hospedan una sobrepoblación y la mayoría de los delincuentes recaen por la mala infraestructura penitenciaria.
Juan es un ejemplo a seguir para todos y sobre todo para los jóvenes que comienzan a robar por falta de comida, porque aunque nadie le quería dar trabajo, el sobrevivió trabajando y no robando.
En el presente es un microempresario que rinde ganancias y vive el día trabajando por su familia.
sábado, 22 de agosto de 2009
comunidad San Ildefonso
¿Quién se imaginaría que en 2009 se expusiera arte contemporáneo en un recinto que fue fundado por los jesuitas?
Así fue el jueves 20 de agosto en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, cuando presento su obra reductivista, el multifacético escultor británico Antony Gormley (lo digo así, porque no sólo es escultor, sino también estudio antropología, arqueología e historia del arte).
Todos listos en sus posiciones, jóvenes y adultos, algunos llegando tarde –como siempre-, otros esperando tras la demora del mismo Antony y acalorados por el bochornoso lugar.

Antony Gormley empezó una charla larga a 450 personas acerca de su trabajo, hablaba muy cerca del público, muy íntimo, como un entrañable amigo. Se colocó a la orilla del escenario con su vestimenta totalmente blanca hasta los tenis, como si fuera a recibir la energía en Teotihuacan.
Una gran pantalla posicionada detrás de él, arriesgaba sus obras a la mira del público apasionado.
La primera escultura mostrada causo un impacto de asombro entre los asistentes, puesto que él era el molde y aparecía totalmente desnudo; esto no tiene nada de raro, pero la posición de su escultura era muy acertada. Gormley conoce muy bien a la gente, la hace participar, es admirador de Miguel Ángel y hace que los espacios vacíos, se llenen; estas son sólo unas de sus cualidades y además mantiene un buen sentido del humor.
La mayoría de la gente escuchó atenta su explicación, aunque hubo algunos dormilones y una que otra voz ruidosa.
Casi al final de la charla a Antony le dieron un láser para señalar las esculturas en la pantalla, se divertía tanto que la audiencia se percató y comenzaron a reír.
Demostró que es un ser humano –adulto- al olvidarse de una pregunta y apuntándola en su hojita. Como el siguiente fragmento del poema de Ósip Mandelstam:
He olvidado la palabra que quería
pronunciar y mi pensamiento, incorpóreo,
regresa al reino de las sombras.
Una hora después estaríamos en la inauguración-fiesta, celebrando la cultura en México, la obra Firmament y lo concurrido del evento, los asistentes fueron de todas las edades, iban de todos colores, pero con una muy buena vibra.
Al final, los meseros decidieron demorar más las bebidas y la gente se volvió un poco desesperada-como si se fuera a terminar el agua-, pero después la armonía regresó y el alcohol fluyó por un buen rato y para un buen rato.
Así fue el jueves 20 de agosto en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, cuando presento su obra reductivista, el multifacético escultor británico Antony Gormley (lo digo así, porque no sólo es escultor, sino también estudio antropología, arqueología e historia del arte).
Todos listos en sus posiciones, jóvenes y adultos, algunos llegando tarde –como siempre-, otros esperando tras la demora del mismo Antony y acalorados por el bochornoso lugar.
Antony Gormley empezó una charla larga a 450 personas acerca de su trabajo, hablaba muy cerca del público, muy íntimo, como un entrañable amigo. Se colocó a la orilla del escenario con su vestimenta totalmente blanca hasta los tenis, como si fuera a recibir la energía en Teotihuacan.
Una gran pantalla posicionada detrás de él, arriesgaba sus obras a la mira del público apasionado.
La primera escultura mostrada causo un impacto de asombro entre los asistentes, puesto que él era el molde y aparecía totalmente desnudo; esto no tiene nada de raro, pero la posición de su escultura era muy acertada. Gormley conoce muy bien a la gente, la hace participar, es admirador de Miguel Ángel y hace que los espacios vacíos, se llenen; estas son sólo unas de sus cualidades y además mantiene un buen sentido del humor.
La mayoría de la gente escuchó atenta su explicación, aunque hubo algunos dormilones y una que otra voz ruidosa.
Casi al final de la charla a Antony le dieron un láser para señalar las esculturas en la pantalla, se divertía tanto que la audiencia se percató y comenzaron a reír.
Demostró que es un ser humano –adulto- al olvidarse de una pregunta y apuntándola en su hojita. Como el siguiente fragmento del poema de Ósip Mandelstam:
He olvidado la palabra que quería
pronunciar y mi pensamiento, incorpóreo,
regresa al reino de las sombras.
Una hora después estaríamos en la inauguración-fiesta, celebrando la cultura en México, la obra Firmament y lo concurrido del evento, los asistentes fueron de todas las edades, iban de todos colores, pero con una muy buena vibra.
Al final, los meseros decidieron demorar más las bebidas y la gente se volvió un poco desesperada-como si se fuera a terminar el agua-, pero después la armonía regresó y el alcohol fluyó por un buen rato y para un buen rato.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)